Un gin meando carne viva carbura-dor V8 dual hijo de puta de Los Ángeles — de Dan FANTE

La tradición norteamericana mantiene una circulación ya definida en términos de reproducción, esto es: una forma de estandarización o anticipación de las nuevas formas de expresión o sentido. En Estados Unidos, las «escuelas de poesía» —al menos hasta Bukowski— no hicieron más que generar un diálogo entre precursores y tendencias: Eliot construyó el muro que la Generación Beat se encargó de derribar, levantando de la carretera las hojas muertas de la tradición; los Confesionalistas, como Lowell y Bly, buscaron una salida por debajo de cuevas o antiguas tradiciones. Pero incluso autores como Jack Kerouac o Allen Ginsberg, que se lanzaron sobre la experiencia misma, respondieron en forma causal, indirecta, sobre un sedimento formal, a veces difuso, pero definitivamente ortodoxo.
La crítica norteamericana representa esta visión, y sus máximos pilares —como Harold Bloom, Emory Elliot o James Breslin— siguen esperando que desde las aulas de Yale, Princenton o Berkeley surja el nuevo poeta, o profeta, Emersoniano-Whitmaniano.

Olvidando estos patrones —“ese plomazo de T.S. Eliot”—…

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